Sociedad Cannabicultora de Venezuela

"Tierra y hombres libres" Ezequiel Zamora

Hasta el autocultivo siempre!

  • Blog
  • F.A.Q Preguntas frecuentes
  • Videos THC
  • Literatura cannabica
  • Prohibicion gringa
  • Diez usos medicinales del cannabis
  • Cinco razones pa legalizarla
  • Musikannabica

Che

Che
Hasta el autocultivo siempre!

Musikannabica


"El espíritu es música", indica Dr. Cogollo

























Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
Inicio
Suscribirse a: Comentarios (Atom)

Revolucion kannabica

Revolucion kannabica
Hasta el autocultivo siempre!

Planta Multiuso

Planta Multiuso
Toda planta es legal

Los en/chavez

Los en/chavez
Por la abolición del prohibicionismo yankee en la República Bolivariana de Venezuela

Contador


Contador web

SOCAVE

Mi foto
Venezuela Bless
La Sociedad Cannabicultora de Venezuela (SOCAVE) es una organización popular que lucha por la normalización del cannabis en Venezuela y Latinoamérica, conformada por estudiantes, médicos, sindicalistas, campesinos, abogados, escritores, botánicos, periodistas, maestros y gente de a pie. No requieres inscripción, notificación o carnet para pertenecer a SOCAVE; basta que te sientas parte del proyecto y difundas información al respecto en tu comunidad.
Ver todo mi perfil

Historia Universal del Cañamo

La Humanidad ha empleado el cannabis aproximadamente desde el VIII milenio a. C., mucho antes de que nuestros ancestros comenzaran a cultivar la tierra sistemáticamente, hace ya unos 10.000 años, sin descartar su presencia en Lemuria y Atlántida. El hecho de que los pueblos pre-históricos no conociesen la agricultura no era impedimento para que conociesen el reino vegetal, pues parte fundamental de su tiempo lo dedicaban a la recolección de plantas y frutos silvestres.

La rusticidad del cáñamo permitía su cultivo en una gran variedad de climas, desde el caluroso Oriente Medio hasta el frío de la Europa Atlántida y Septentrional, así como la diversidad climática de Abya-Yala (actual América). Esto le brindó a los agricultores una fibra resistente ideal para confeccionar prendas de vestir, calzado y otros instrumentos como cuerdas o redes. Además, si se cortaba el tronco en laminillas y éstas se secaban y prensaban superpuestas, el material resultante era idóneo para escribir sobre él, algo parecido al papiro que los egipcios hacían con juncos del Nilo.

El cultivo de cannabis se difundió a medida que se expandió el Neolítico, en principio en China y Asia Central (actual Afganistán y países vecinos), de donde se catapultó a otras civilizaciones como Mesopotamia, Oriente Medio, y las cuencas del Nilo y el Indo. No es casualidad que la primera vez que el cannabis es citado en un documento haya sido en una de las cunas de la revolución agrícola: China. Aparece en un escrito hacia el año 2740 a. C. y atribuido al legendario emperador y botánico Shen Nung, quien la recomendaba para curar constipaciones, el beriberi o el reumatismo. Este texto, junto con muchos otros, sirvió como base para la elaboración del Pent Tsao Ching en el siglo I, hacia el año 30 a. C, donde puede leerse: “Si se toma durante un largo período de tiempo, la comunicación con los espíritus será posible, y el cuerpo se volverá ligero.”

El volumen en cuestión es un tratado de farmacología, y el cannabis se recomienda para combatir la “debilidad femenina, gripe, gota, reuma, malaria y desmayos”. El Nei Ching, la obra más antigua de la literatura médica china, explica los usos terapéuticos de diversas partes de la planta como las flores, las semillas y la resina. Aunado a ello, la civilización china también proporcionó un invento revolucionario: el papel. Según la tradición, su inventor fue Ts’ai Lun, en la provincia de Human hacia el siglo I d. C., y en esa época la mayoría del papel chino se hacía con fibra de cáñamo.

Por lo menos desde el siglo XV a. C. se conoce y celebra en Asia Oriental el cáñamo en diversas preparaciones, corroborado por restos de fibra de cáñamo hallados en esta zona, desde el Himalaya al Índico, y de manera especial en las cuencas del Ganges (todo el norte de la actual India y los estados vecinos) y del Indio (Pakistán moderno). La planta -que se llama también vijohia (“fuente de felicidad”, “victoria”) y ananda (“fuente de vida”)- resulta mencionada en los primeros Vedas, sobre todo el cuarto o Atharva Veda. Sus preparaciones líquidas son la bebida favorita de Indra, el dios guerrero de los invasores sánscritos que llegaron a la India durante el siglo XVII a. C.. Según las tradiciones védicas, el cáñamo brotó del cielo cuando cayeron gotas de ambrosía (amrta). Para la tradición brahmánica, su uso agiliza la mente, otorga salud y larga vida, concede deleite y valor, además de otorgarle propiedades afrodisíacas.

Se dice que Shiva, llamado también el “Señor del bhang”, tras una larga meditación salió de uno de sus dreadlocks la primera semilla de cannabis. Durante milenios, los hindúes han consumido tres diferentes psicoactivos derivados del cáñamo: bhang (hojas, semillas y tallos de la planta hembra triturados), ghanja (dos o tres veces más potente al incluir las flores) y charas (resina pura). Junto a ese empleo religioso, que se manifiesta en innumerables formas de administración oral, cutánea y pulmonar, el fármaco constituye aún hoy en áreas rurales una panacea versátil, capaz de aliviar la fiebre, el insomnio, la disentería, la lepra, la caspa, las jaquecas, la tosferina, la oftalmia y otros males de ojo, las enfermedades venéreas y hasta la tuberculosis. En sánscrito se denomina sana (en griego kana) y bhang, un término emparentado con bhanj (“transtornar la rutina sensorial”).

Los asirios la usaban al menos desde el siglo IX a.C. como anestésico y para enfrentar el viaje a la muerte. En los escritos sánscritos se habla de las “píldoras de la alegría” compuestas de resina de cáñamo y azúcar. También se menciona en los Sustras, el tratado más antiguo de medicina hindú.

Textos budistas del siglo II y III hacen referencia de la planta. No sufrió su predicamento al difundirse el budismo, pues la rama mahayana (y especialmente la secta tantra) como la hinayana vieron en la hierba un auxiliar para la meditación. Dentro de las complicadas técnicas que esa meditación conlleva se encuentran algunas basadas en fijar la atención sobre las imágenes persistentes en la retina tras cerrar los ojos, por ejemplo, y quien haya usado buena ghanja o buen haschisch comprenderá que este fármaco puede resultar de gran ayuda para toda suerte de fines análogos.

Rápidamente, el cannabis se extenderá a través de Persia por los pueblos semitas de las civilizaciones mesopotámicas (actuales Irak y Siria junto con zonas del sudeste de Turquía), y de ahí pasa a los diversos pueblos cananeos de Oriente Medio (modernos Israel, Jordania y Líbano) y al Asia Menor (Turquía). En Mesopotamia está documentado su uso por los asirios, así como por los caldeos. En el actual Irán lo empleaban los persas.

Entre los pueblos cannaneos, se puede destacar que la Biblia lo cita, entre otros libros, en El Cantar de los Cantares, atribuido al Rey Salomón. Allí se compara el amor con “caña aromática y canela, con todos los árboles de incienso” (Cnt., 4, 14), y algunas exégesis asumen que el poema está dedicado en su totalidad al cannabis, la mujer sin pechos “sobre las montañas de los aromas” (Cnt., 8, 14).

También en Éxodo Jehová le dice a Moisés: “Y tú has de tomar las principales drogas; de mirra excelente quinientos siclos, y de canela aromática la mitad, esto es, doscientos cincuenta, y de cálamo (cáñamo) aromático doscientos cincuenta, y de casia quinientos, al peso del santuario, y de aceite de olivas un hin” (Ex., 30, 22-25). Se trata del “aceite de la santa unción”, donde vemos que el cáñamo es un ingrediente que ocupa la cuarta parte de la receta. Otros pasajes bíblicos lo mencionarán ya como un producto comercial: “Judá, y la tierra de Israel, eran tus mercaderes: con trigos de Minith, y pannah, y miel, y aceite, y resina, dieron en tu mercado” y “dieron en tus ferias para negociar en tu mercado de hierro labrado, mirra destilada, y caña aromática” (Ez., 20, 17-19).

Hasta la época de la diáspora judía, ya en el siglo II de la era cristiana, era fumado en las sinagogas incluso por los rabinos, y ha llegado hasta nuestros días como producto popular del pueblo libanés, que lo heredó de sus antepasados fenicios. El cannabis también llegó a Egipto ya en los tiempos del Imperio Antiguo (a partir del siglo XXIII a. C.) y los egipcios, al igual que los fenicios, exportaron la planta por todo el Mediterráneo. Se ha hallado polen del cannabis en el cuerpo momificado de Ramsés II, y vestimentas y cuerdas elaboradas con cáñamo en la tumba de Amenofis IV, todavía más antigua.

En la región del Sinaí está documentado el consumo de una bebida hecha a base de cáñamo llamada suama. En el Asia Central (Turkmenistán, Uzbekistán, Afganistán, etc.) el cannabis fue muy bien acogido por los pueblos nativos, que ya lo cultivaban mucho antes. Destaca el caso de los escitas, un pueblo de jinetes nómadas que vio su apogeo entre los siglos V y III a. C. El historiador griego Herodoto cita con mucha precisión cómo los escitas se curaban inhalando el humo que producían al quemar grandes piedras de haschisch sobre brasas.

Se ha demostrado que al menos dos mil años a. C. los europeos del este y de las estepas rusas fumaban cannabis. El texto europeo más antiguo que menciona al cannabis sea probablemente La Odisea, atribuida al poeta griego Homero, escrita hacia el siglo VIII a. C. En concreto se cita bajo el nombre de “humo del olvido”. En la época de la Grecia Clásica se utilizaba el cannabis en determinados cultos religiosos, como los Misterios Eleusinos o los ritos dionisíacos.

Aunque buena parte de la farmacopea antigua ha permanecido indescifrable debido a las escasas descripciones botánicas o por nombres de plantas hoy desconocidos, identificamos que los griegos bebían una decocción de cáñamo con vino y mirra -el vino resinato- para animar reuniones sociales. Por los textos de Galeno, Demócrito y Dioscórides, también sabemos que era frecuente ofrecer flores de cáñamo hembra (marihuana) en asambleas, costumbre aprendida de la sociedad ateniense o quizás de los celtas. Los romanos no la consumían con fines religiosos, pero sí que era muy apreciado en sus fiestas. De hecho, la ciudad de Roma tenía fumaderos donde se podía fumar haschisch importado, en ese entonces diez veces más caro que el opio.

Los cartaginenses, rivales del Imperio, eran otros aficionados al haschisch. Eran descendientes de colonos procedentes de Tiro (Fenicia) y éstos, como buenos cannaneos, llevaron el cáñamo a su nuevo hogar. En 1969 una expedición arqueológica encontró dos ánforas repletas de haschisch -en buen estado- en una nave cartaginesa. El buque había sido hundido frente a las costas de Sicilia durante la I Guerra Púnica (264-241 a. C.).

En la Europa noroccidental, la arqueología ha demostrado que tanto los pueblos germánicos como los celtas conocían perfectamente el cáñamo. Restos de fibras cannábicas han aparecido en una urna funeraria de Wildemdorf, en el actual estado de Brandenburgo, al este de Alemania. Esta urna data del siglo X a. C., es decir, a comienzos del período de Hallstat de la Edad de Hierro. Los pueblos celtas como los galos o gaélicos de Irlanda fumaban cannabis al menos dos mil años antes a la llegada del tabaco.

Asimismo, semillas carbonizadas de cáñamo han sido encontradas en excavaciones arqueológicas de las islas del norte, demostrando que el consumo de cannabis en el Reino Unido se remonta a los primeros habitantes europeos, antes del crecimiento de los mares y de que se constituyese como una serie de islas.

El cáñamo llegó a Europa por el norte y no por el sur. Ni los griegos ni los romanos cultivaron sistemáticamente la planta, pero no porque sus derivados dejaron de ser vitales, sino porque desde el comienzo pudieron obtenerla de los celtas, que ya desde el siglo VI a. C. tienen un asentamiento en Massilia, la actual Marsella, y desde allí ofrecen cuerdas, velas, estopa a toda el Mediterráneo. Es inverosímil que el pueblo céltico tuviese grandes extensiones de cáñamo y no aprovechara sus propiedades como psicofármaco. Hay, además, variadas y artísticas pipas galorromanas en el museo arqueológico de Sevilla, en Coulmier-le-Sec y en Tarragona. Sí es absolutamente seguro que no fueron usadas para fumar tabaco, si bien la posibilidad de que fumasen otras plantas impide afirmar que se emplearon sólo para el cáñamo.

En África desde épocas remotas es considerado un medicamento versátil, utilizado como tónico cerebral y capaz de curar enfermedades como lepra, jaquecas, caspa, insomnio, disentería y tuberculosis. Las flores frescas se fuman en pipas rudimentarias a las que añaden carbones al rojo vivo. La secta de los bantúes tenían cultos Dagga secretos y creían que los dioses enviaron a la tierra el cannabis sagrado. Dagga significa “cannabis”.

Los médicos pigmeos, zulúes y hotentotes la creían indispensable para tratar la epilepsia, los calambres y la gota, además de considerarlo un sacramento religioso. En Angola los tjivokve fuman las hojas en público mientras que los ngangela, que pertenecen a la misma tribu, lo hacen en secreto.

En Abya-Yala (actual América) el cannabis se emplea al menos desde hace 8.000 años, adaptando su genética a una increíble variedad climatológica. El hallazgo de ropas de cáñamo en tumbas de pueblos del Norte demuestra que existió en estas tierras mucho antes de la colonización europea . Sabemos que algunas tribus fumaban sacramentalmente un porro envuelto en hojas de tabaco como fuente de inspiración, coraje y longevidad.

El cannabis obtuvo popularidad por el norte gracias a los mayas, quienes luego de haber iniciado a los egipcios en la arquitectura piramidal regresaron en barco con cañamones de aquellos predios, donde ya eran comunes las plantaciones intensivas. Por el sur fueron los aymarás-aymarás y no los inkas quienes trajeron cannabis de China, si bien los bancales incaicos más tarde la incorporaron. Polinizadas entonces con los géneros autóctonos de los aztecas, se sembraron en Abya-Yala híbridos de la planta por todo el continente.

El cannabicultivo se convirtió pronto en parte importante del konuko (huerto) junto con el choclo, la quinua y el bledo. A pesar de que el saqueo y genocidio colonial borró gran parte de la historia precolombina, aún en un informe español de 1561 se hace mención de unos cigarrillos de marihuana fumados por los nativos -posiblemente cumanagotos-, en una isla del Caribe que todavía no ha podido ser identificada. Todavía en la actualidad, los tepehuas de México, los piaroas de Venezuela, entre otras cientos de tribus, la usan con propósitos rituales.

Los derivados del cáñamo (grifa, kif, haschisch) se conocen en Extremo Oriente desde el comienzo de la escritura y constituyen un punto de contacto entre los árabes y las poblaciones de estos territorios. Algunos musulmanes llamarán a la planta “guía celestial”. En el siglo VI un amigo de Omar Khayam, el llamado “Viejo de la montaña”, Hassan Ibn Al-Sabbah, funda la llamada orden de los haschischins, de filiación ismailita y con profundas influencias sufíes, que subsistirá hasta ser exterminada por los mongoles. Modelo para órdenes europeas como los templarios y los caballeros teutónicos, los haschischins recibían una provisión del fármaco antes de partir hacia el combate, y durante las Cruzadas se distinguieron por su bravura; el rey Luis de Francia estuvo en alguna ocasión a punto de perecer a manos de miembros de la secta, cuya fama de crueldad pudo haber sido el origen de la palabra “asesino”. Obviamente, como la historia la escriben los vencedores, nada se menciona de la fama de los cruzados, que como buenos invasores mostraron una total ceguera ante las atrocidades cometidas por ellos mismos. Aun así, muchos cristianos al regresar a Europa defendieron las preparaciones hechas a base de cáñamo, tras haber experimentado la virtud del remedio.

La primera parte de la Edad Media fue una época muy dura para la Europa Occidental, una vez que cayó Roma (476), pero no así para el Oriente Medio y el norte de África, que tras la expansión árabe (a partir de mediados del siglo VII) adquirieron una gran vitalidad económica y cultural. El cáñamo ya se encuentra en prescripciones médicas escritas que circulaban desde el siglo V, aunque no hay referencia alguna al cáñamo en el Corán o en la Suna. Hacia el año 770 se compone un importante libro religioso hindú, el Dharani o Libro de los rezos, escrito sobre papel de cáñamo.

La farmacopea árabe la recomienda para muy diversas afecciones, y su uso como euforizante general se asocia unas veces con el opio y unas veces con el vino. En el cuento de las Mil y una noches, escrito entre el año 1000 y 1600, una noble dama se sirve de él como inductor del sueño en una mezcla que el escriba llama benji (“vino especial”). El término para designar el cáñamo allí, y en general para el mundo árabe de aquella época, es bangah, cuya semejanza con el sánscrito bhang salta a la vista. El uso de alguna variedad de cáñamo con vino sugiere que en otros tiempos hubo sin duda una receta, hoy perdida, para combinar ambos fármacos con eficacia. Las mezclas que tenemos noticia -sin vino, desde luego- son el dawamesk mencionado por Baudelaire y Gautier, y el majoun del norte de África que se potencia con belladona o datura.

A partir del siglo XII diversas preparaciones de cáñamo son importantes puntos de partida para entender instituciones como la danza extática de júbilo. Sin embargo, salvo en órdenes místicas ligadas al Islam, como los sufíes, los derviches, los fakires y algunos grupos persas, el cáñamo no tuvo connotación religiosa en el mundo árabe, al revés de lo que acontece en el budismo y el hinduismo. No obstante, a finales del siglo XIII, el cronista Ibn Ganim indica que la fe islámica considera el haschisch como “morada de proximidad a Dios y suma de la presencia divina”, un vehículo espiritual disponible para el “distraído de la oración”.

En 1378 un edicto del Emir de Djoneima, Sudun Sceikuni, condena a arrancarle los dientes a aquel que consuma haschisch, si bien el uso medicinal del cáñamo se mantiene inalterable por lo menos desde el primer milenio anterior a la era cristiana, multiplicándose en los árabes al combinar la farmacopea persa con la india, la egipcia y la china. Hay razones para suponer que fue una planta usada por pequeños jornaleros, campesinos y siervos urbanos; no en balde la palabra haschisch en árabe significa “hierba”.

Por otra parte, el haschisch al-fokora (hierba de los fakires) es mencionado por Makrizy, un historiador del siglo XV, y se trata de una solución líquida para “liberar el espíritu”, citando un poema que propone: “Deja el vino,/ toma esta copa que exhala el perfume del ámbar/ y brilla con el verde deslumbrante de la esmeralda”.

Tras la colonización musulmana, el cannabis vuelve a florecer en Europa en zonas como Al-Andalus en España o la Europa balcánica, que fue ocupada por los turcos durante los siglos XIV y XV. Irónicamente, entre los siglos XI y XIII en la Europa Septentrional y Central son los cruzados los que traen haschisch como recuerdo de sus expediciones en Palestina.

Durante el medioevo la Corona arreció la cacería de brujas, considerando sediciosa cualquier alteración de la conciencia fuera del ámbito eclesiástico. Así, en 1484, el papa Inocencio VIII condena la brujería y la utilización del cannabis en ritos satánicos. Sin embargo, la planta se usa a todo lo largo y ancho del continente africano, y ya en el siglo XVI vienen enumeradas muchas de las virtudes terapéuticas del cáñamo en el libro de medicina árabe Makhzan-al-Adwiya. En toda esa etapa, tanto los exploradores europeos como los árabes se encuentran en África compartiendo con pueblos que consumen haschisch de múltiples maneras, en lugares tan distintos como las selvas del Congo o las llanuras sureñas pobladas por los zulúes.

De la Edad Media, Porta rescata una receta oída de una hechicera que contiene seis fármacos: extracto de belladona (2 gr.), ajo (5 gr.), extracto de beleño (5 gr.), haschisch (6 gr.), harina moteada de cereal (10 gr.), flores de cáñamo hembra (25 gr.) y opio (25 gr.). También De Nynald detalla la composición de un unto compuesto por belladona, beleño, acónito, opio y haschisch; y J. Wier hace mención de una receta similar. De una manera u otra, el cannabis se encuentra en casi todas las recetas de médicos y brujas del siglo XVI. Incluso aparece en obras literarias como Gargantúa y Pantagruel, del risoterapeuta François Rabelais, donde denominaba a la marihuana con el nombre de “pantagruelión”.

La dogmática oficial de la Inquisición torturó y asesinó por presunción de “brujas”a millones de curanderas que, entre otras yerbas, empleaban el cáñamo. El trasfondo político era mitigar las fuerzas antifeudales que no se arrodillaban ante la Santa Iglesia, lo que dejó entrever el jesuita alemán F. Von Spee (1591-1635), quien durante más de una década confesó a las hechiceras quemadas en Wurtzburg. En un libro que publicó anónimamente conocido como La caución criminal (1631), afirmó que las ajusticiadas eran inocentes, siendo su persecución e incriminación un puro y simple error judicial. Su formación jurídica le permitió hacer una crítica minuciosa de los abusos cometidos en distintas fases del procedimiento, especialmente en la prueba testifical y la pieza de confesión.

“Declaro -decía Spee- que entre las muchas mujeres a quienes he acompañado hasta la hoguera por presunta hechicería, no había una sola de la cual se hubiera podido decir con seguridad que fuese bruja. Tratad a los superiores eclesiásticos, a los jueces y a mí mismo como a aquellas pobres infelices, sometednos a los mismos martirios, y descubriréis que todos somos brujos.”

En 1532 el profesor de Derecho Jean de Cahors fue condenado al fuego por poner de manifiesto durante una cena que el cannabis formaba parte de la cultura francesa desde el apogeo de las plantaciones célticas, siendo quemado vivo en junio por sospechoso de herejía. Más tarde, en 1546, el médico y naturalista francés P. Belon comenta que los turcos toman cucharadas de un polvo de cañamones molidos para tener visiones y reír. Ciertamente, por problemas de idioma, Belon se equivoca porque ese polvo que produce hilaridad y visiones es haschish y no semillas de cáñamo, carentes del principio activo de la planta.

En la India, la hierba continúa su mística relación con el hinduismo desde los tiempos del Neolítico. En el siglo XVI el cannabis tiene tal importancia que entre algunos pueblos lo emplearon como moneda en intercambios comerciales. Se consume cannabis de tres formas distintas: con agua, con opio y con alcohol. Entre la minoría musulmana el haschisch era igualmente reverenciado, incluso en zonas musulmanas que hoy no forman parte de la India (actuales estados de Pakistán y Bangla Desh).

En Polonia, en la víspera de pascuas se preparaba una sopa con semillas de cáñamo para alimentar a los espíritus que venían a visitar a la familia durante la noche. Tanto Enrique VIII como Isabel I aprobaron leyes que obligaban a los propietarios de las tierras a destinar parte de las mismas al cultivo de cannabis, para proporcionar velas y jarcias a la Marina. Enrique VIII también aprobó el Herbalist Charter, que permitía a cualquier persona compartir y utilizar cualquier clase de planta medicinal.

Entre los artículos considerados indispensables para la construcción del “Nuevo Mundo”, los padres peregrinos del Mayflower portaban bolsas con semillas de cáñamo. Muchos de los primeros estados norteamericanos siguieron el ejemplo inglés e introdujeron leyes para que los propietarios de tierras cultivasen la planta.

Los ciudadanos podía pagar los impuestos con cáñamo y entre 1763 y 1767 en Virginia se aplicaba la pena de cárcel por no cultivarlo. Gracias a las anotaciones del Diario de G. Washington sabemos que él no sólo cultivaba cáñamo debido a la fibra y los cañamones. El 7 de agosto de 1765 escribe: “He comenzado a separar las plantas macho de las hembras en la hondanada pantanosa, quizá demasiado tarde”. Esto sólo puede entenderse como propósito de obtener marihuana de la variedad que hoy se llama sin semilla, mucho más valiosa como psicofármaco que la ya polinizada. Sin duda, Washington no debió ser el único en fumar esa planta, que entonces era en Virginia “la principal mercancía con el tabaco”.

Sin embargo, llama poderosamente la atención de algunos la mínima toxicidad del fármaco, si se considera su potencia psicoactiva. Los doctores Spivey, Wood y Easterfield comentan hacia finales de siglo: “Al comienzo de nuestras observaciones hicimos un cuidadoso examen de la literatura sobre el tema para determinar la toxicidad del cáñamo. No pudimos encontrar un solo caso de envenenamiento fatal, aunque a veces puedan aparecer síntomas alarmantes. A un perro que pesaba doce kilos le inyectamos dos onzas (57 gr.) de un extracto fluido en la yugular, esperando que fuese suficiente para ocasionarle la muerte. Ante nuestra sorpresa, tras quedar inconsciente alrededor de un día y medio, el animal se recobró por completo. Nunca hemos podido dar a un animal una cantidad de Cannabis (índica o americana) suficiente para ocasionarle la muerte.”

Estos farmacólogos son los primeros en afirmar de modo categórico que el cáñamo americano “es tan activo como el mejor de los indios”. A su entender, “el uso habitual de pequeñas cantidades, que es casi universal en algunos países orientales, no parece ir en detrimento de la salud”.

Terapéuticamente, se aconseja en caso de insomnio, en los agotamientos nerviosos y como sedante para personas que sufren dolores. Su uso más generalizado -siempre según Spivey, Wood y Easterfield- es el tratamiento de enfermedades nerviosas y mentales, aunque la sustancia aparece también como ingrediente en varias mezclas para la tos. También se recomienda para tranquilizar los temblores en parálisis convulsivas, en los espasmos de vejiga y en la impotencia sexual que no provenga de enfermedad orgánica.

Otro terapeuta de finales de siglo, V. Robinson, comprueba que el cáñamo es afrodisíaco, antineurálgico, tranquilizante para los maníacos, antidepresivo, antihistérico, tónico cerebral, remedio para el vómito nervioso, el baile de San Vito, los espasmos de vejiga, la epilepsia y las enfermedades venéreas. Estos son empleos habituales durante milenios en los territorios que van desde Persia hasta China, si bien se añade ahora su utilidad para el tratamiento del alcoholismo crónico y los hábitos de la morfina y el cloral. Según Robinson, “también se utiliza como hipnótico cuando un uso demasiado continuo del opio ha acarreado la pérdida de su eficacia”.

Los británicos Raleigh, Esdale, O’Birest y O’Shaunessey comienzan en 1838 varios experimentos científicos para indagar sobre las bondades medicinales del cannabis. Tres décadas más tarde, el médico E. J. Waring, en su libro sobre la farmacopea india, cita la opinión de un tal doctor Christison, que empleaba el cáñamo en forma de láudano o tintura alcohólica: “Por su energía, seguridad y conveniencia, después del opio el cáñamo indio es el mejor analgésico, hipnótico y antiespasmódico, y a veces llega a igualarlo”.

En 1894 se publica el informe de la Indian Hemp Drugs Commision, un documento con más de tres mil páginas distribuidas en siete volúmenes, elaborado por médicos ingleses e indios durante varios años, tras entrevistar a centenares de individuos. En el último volumen se extraen las conclusiones:

“522. La Comisión ha examinado ahora todos los testimonios presentados referentes a los efectos atribuidos a las drogas del cáñamo. Será interesante hacer un breve resumen de las conclusiones obtenidas. Se ha establecido claramente que el uso ocasional de cáñamo en dosis moderadas puede ser beneficioso, y considerarse medicinal. Ahora la Comisión centra su atención en el uso popular y común de tales drogas (...).

“Con respecto a los efectos físicos, la Comisión ha llegado a la conclusión de que el uso moderado de las drogas de cáñamo no produce prácticamente ningún resultado nocivo. Pueden darse casos excepcionales, pues probablemente no exista nada cuyo uso no pueda ser perjudicial en casos de intolerancia excepcional. Pero la Comisión es del parecer que, en general, el uso moderado de las drogas del cáñamo no parece causar ningún daño físico apreciable. El uso excesivo sí causa daño, pues tiende a poner al consumidor en una situación más vulnerable a la enfermedad (...) Parece razonable establecer que el uso excesivo de estas drogas no causa asma, pero que indirectamente puede causar disentería al debilitar la constitución, y que pueda causar bronquitis, especialmente a causa del humo inhalado por los tubos bronquiales.

“Con respecto a los alegados efectos mentales de estas drogas, la Comisión ha llegado a la conclusión de que su uso moderado no produce ningún efecto perjudicial en la mente. Dejando de lado casos excepcionales, el empleo moderado no produce ninguna lesión mental. Es distinto en caso de uso excesivo, que estimula la inestabilidad mental. Se ha demostrado que en sujetos con debilidad o predisposición hereditaria el uso excesivo de las drogas de cáñamo puede inducir demencia, aunque en este sentido se haya exagerado enormemente de un tiempo a aquí.

“Con respecto a los efectos morales de estas drogas, la Comisión es del parecer que su uso moderado no produce lesión moral de ninguna especie. No hay base adecuada para suponer que afecta peligrosamente el carácter de su consumidor. Por el contrario, un uso excesivo conduce a la pérdida de la propia estima y, con ello, a la degradación moral. En lo que se refiere a sus relaciones con la sociedad, sin embargo, incluso el consumidor excesivo de drogas del cáñamo es ordinariamente inofensivo”.

Repasando otras partes del Informe, es digno de mención que los testimonios donde “se exagera enormemente” la nocividad de estas drogas provengan en su mayoría de clérigos y misioneros cristianos, católicos tanto como reformados, siendo desconocidos entre médicos nativos y muy raros en médicos occidentales. La Comisión se muestra refractaria a tales sugestiones al llegar a lo fundamental, que es la incidencia respectiva de empleos moderados y abusivos:

“Observando el tema de una forma general, puede añadirse que el uso moderado de estas drogas es la regla, y que el uso excesivo es comparativamente excepcional. El uso moderado no produce prácticamente ningún efecto nocivo. Por su parte, el trastorno que produce un uso excesivo se limita casi exclusivamente al mismo consumidor; el efecto sobre la sociedad es raramente apreciable”.

Para redondear estos criterios, la Comisión cierra su informe con un texto de la “literatura indígena” donde se justifica el uso de bhang por razones fundamentalmente religiosas, vinculadas tanto al brahmanismo como al budismo. La propuesta que el Informe acoge es, en consecuencia, no tomar en cuenta ningún tipo de medida restrictiva, si bien se sugiere al gobierno británico gravar las transacciones con las drogas del cáñamo mediante un impuesto especial. Pero esto último no llegó a consumarse por distintas razones, entre las cuales estuvo la firme actitud de uno de los comisionados, un indio, que advirtió a los demás sobre posibles fricciones de tipo político, pues tanto la ley musulmana como la costumbre hindú prohíben “gravar cosa alguna de las placenteras para el pueblo”.

Aunque durante la Edad Contemporánea para el pueblo europeo el cannabis fue objeto de curiosidad científica, el siglo XVIII acaba con una nueva persecución de la planta. Napoleón, durante su campaña imperial en Egipto, prohibió el cultivo, comercio y consumo de cannabis en esa región. No obstante, luego de su fugaz retirada, muchos científicos franceses recorren Egipto y estudian las propiedades del cáñamo, si bien los sectores más conservadores recelan cualquier planta que posibilite el contacto entre dioses y hombres.

Constata el explorador H. Von Wissmann a finales del siglo XIX que el líder baluba Kalamba-Moukenge, para asegurar la lucha de las tribus bantúes contra los invasores ingleses, hizo quemar públicamente los diferentes ídolos tradicionales, sustituyéndolos por un ritual único basado en el consumo colectivo de riamba (cáñamo). En Angola, los seguidores del movimiento revolucionario fueron bautizados como Bena-Riamba (“hijos del cáñamo”), creando una resistencia de carácter comunista agrícola para hacer frente al colonialismo europeo. Cuando viajaban, no llevaban consigo armas sino pipas.

Andrews y Vinkenoog afirman que “el cáñamo es una hierba santa y benéfica (...) Prohibir o restringir severamente su uso provocaría grandes sufrimientos y molestias, y una cólera profunda en los numerosos grupos de venerados ascetas. Robaría al pueblo de un solaz en la incomodidad, de un remedio en las dolencias, de un guardián cuya benévola protección libra de los ataques de las influencias malignas”.

socavenormalizacion@gmail.com. Tema Picture Window. Imágenes del tema: Airyelf. Con la tecnología de Blogger.