Literatura cannabica


El Club des Haschischiens fue fundado en París por el médico J. Moreau de Tours y el escritor T. Gautier (1811-1872), para celebrar reuniones donde se bebía en grupo dawamesk, una preparación hecha a base de cáñamo. El dawamesk era un cocimiento de haschisch con mantequilla y una pequeña cantidad de opio, que se diluía en café muy cargado y se tomaba en ayunas. EL sistema, de acción mucho más lenta que la derivada de fumarlo, aseguraba en dosis de cuatro a seis gramos una experiencia considerablemente más intensa, similar en algunos sentidos a los efectos del peyote o la amanita muscaria. Fue Moreau quien inició a Gautier, que a su vez congregó a Nerval, Baudelaire, Delacroix, Dumas, Balzac, Hugo y otros.
Publicado en La Presse (1842), y reproducido por Moreau en su monografía sobre el haschisch (1845), el primer artículo de Gautier sobre este psicofármaco es sin duda un curioso texto:

“Parecía como si mi cuerpo se disolviera y se volviese transparente. En mi pecho vi claramente el haschisch que había ingerido en forma de una esmeralda que emitía millones de suaves destellos. Mis pestañas crecían sin parar, y como hebras de oro se enrollaban sobre unas pequeñas y ebúrneas ruedas que giraban con deslumbrante rapidez. A mi alrededor manaban y volaban piedras preciosas de todos los colores. En el espacio, flores de todas clases caían sin cesar de un modo que suscitaba la irremediable comparación con las combinaciones de un calidoscopio.”
Gautier, tras un breve ataque (de risa), comenta: “Estaba tan lejos de mí mismo y tan libre de mi propio ser -ese odioso testigo que nos acompaña a todas partes- que entendí por vez primera lo que podía suponer la existencia de espíritus elementales, de ángeles y almas separadas del cuerpo. Yo era como una esponja en medio del mar; a cada momento cruzaban oleadas de felicidad, entrando y saliendo por mis poros, pues me había vuelto permeable, y hasta la más delgada vena capilar mi ser entero estaba inyectado de color que ostentaba ese fantástico entorno donde me veía sumergido. Sonidos, perfumes, luces, llegaban a mí a través de multitud de tubos tan delgados como cabellos, en los cuales escuchaba el silbido de corrientes magnéticas. Según cálculos, este estado duró alrededor de trecientos años, pues las sensaciones eran tan numerosas y sucedían unas a otras con tanta rapidez que cualquier cálculo real del tiempo era imposible. Pasado el ataque, comprobé que había pasado un cuarto de hora”.
Baudelaire, con un genio poético de primera magnitud, explica que “el haschisch ocasiona en el hombre una exasperación de su personalidad y, al mismo tiempo, un sentimiento muy vivo de las circunstancias y los medios, por lo que es conveniente someterse a su acción en medios y circunstancias favorables. Al ser toda alegría y todo bienestar, es inmensamente todo dolor y toda angustia (...) No consuela como el vino, no hace más que desarrollar desmesuradamente la personalidad humana en las circunstancias presentes en que está situada. Siempre que se pueda, conviene un hermoso apartamento o un bello paisaje, un espíritu libre y desprendido, y algunos cómplices cuyo temperamento intelectual se parezca al de vosotros; y, si es posible, también un poco de música. (...) De entrada, una cierta hilaridad descabellada e irresistible se apodera de ustedes. Las frases más vulgares, las ideas más simples, adquieren una fisonomía extraña y nueva (...) Os reís de vuestra tontería y vuestra locura; vuestros compañeros se os ríen a la cara y no os enfadáis, porque ya comienza a manifestarse la benevolencia (...) El hombre que ha tomado haschisch está dotado, en esta primera fase, de una maravillosa comprensión para lo cómico.
“(...) La segunda fase se anuncia por una sensación de frescura en las extremidades y una gran debilidad (...) Los sentidos adquieren una finura y una agudezas extraordinarias. Los ojos alcanzan el infinito. Los oídos perciben los sonidos más tenues en medio de los ruidos más agudos. Comienzan las alucinaciones. Los objetos exteriores se os revelan bajo formas desconocidas hasta entonces. Luego se deforman, se transforman y finalmente entran en vuestro ser, o vosotros entráis en el suyo (...) Los sonidos tienen color, y los colores tienen música (...) Un intervalo de lucidez os permite con gran esfuerzo mirar el reloj. La eternidad ha durado un minuto. Otra corriente de ideas os arrastra; os arrastrará durante un minuto en su torbellino viviente, y ese minuto también será una eternidad. Las proporciones del tiempo y del ser están alteradas por la multitud innumerable y por la intensidad de las sensaciones y las ideas (...)
“La tercera fase (...) Es algo indescriptible. Es lo que los orientales llaman el kief, la dicha absoluta. Ya no es algo turbulento y tumultuoso. Es una beatitud tranquila e inmóvil. Todos los problemas filosóficos están resueltos. Todas las arduas cuestiones contra las cuales se debaten los teólogos, desesperantes para la humanidad que razona, son límpidas y claras. Toda contradicción se hace unidad. El hombre ha pasado a dios (...) En este supremo estado, el amor toma en los espíritus tiernos y artísticos las formas más singulares y se presta a las combinaciones más barrocas.”

Mientras F. Nietzche redactaba Zaratustra tuvo algunas experiencias con resina de cáñamo. Por algunos escritos inéditos, sabemos que el haschisch le provocó en 1884 consideraciones notablemente parecidas a las de William James. En efecto, Nietzche extrajo la conclusión de que “ha de haber un gran número de conciencias y voluntades en todo ser orgánico complicado: nuestra conciencia dominante las mantiene presas en la vida ordinaria.” Dicho de otro modo, el entendimiento de la vida ordinaria asegura una ralentización del acaecer psíquico. La conciencia ordinaria es como una válvula reductora de la percepción y la emoción, que sólo deja pasar una pequeña parte del mundo real, la parte “pragmática”. Es allí donde el haschisch opera, pues con él “llegan a verse muchas más cosas que de ordinario en el mismo lapso de tiempo”.
En 1845 el doctor Giovanni Polli asume la dirección de los Annali di Chimica Applicata alla Medizina (ACAM), una revista especializada de Milán, Italia, donde a lo largo de tres décadas irán apareciendo recensiones sobre trabajos dedicados al cáñamo, que incluyen artículos de médicos franceses, ingleses, alemanes, egipcios e indios, así como bioensayos de Polli y otros colegas. Poco más tarde se publica la descripción minuciosa de una experiencia con esta planta por parte de cuatro médicos, cuyo interés deriva de comparar sus efectos sobre distintos temperamentos.
A partir de entonces hay multitud de investigaciones, que cristalizan en trabajos clínicos, preparaciones de boticarios y una rica literatura sobre autoexperiencias, sin duda la más amplia de todo el siglo en Europa. Podemos hacernos una idea de la difusión e importancia alcanzada por los medicamentos cannábicos hojeando un vademecum publicado a principios de siglo, en 1909, pues allí se recomienda para angina de pecho, asma bronquial y urémica, atonías gastroenteríticas, blenorragia, catarro bronquial senil y catarro crónico, cólera, glaucoma, corea, delirium tremens, insomnio, disentería, hemicránea, metrorragia, epilepsia, histeria, importencia, hiperclorida, meningitis, prostatitis, rinitis escrofulosa, tétanos traumático, tisis, tos obstinada, úlcera gástrica y hasta hidrofobia.
Giovanni Polli, considerado el primer psiconauta cannábico italiano, escribió numerosos textos de diseño científico donde demuestra la escasa toxicidad del cáñamo. La Italia de esa época tenía en sus farmacias más medicamentos basados sobre el cáñamo que ningún otro país europeo, y una tradición de investigaciones más sólida incluso que la francesa. Para no depender de proveedores egipcios, turcos e iraníes se roturaron extensiones de cultivo en el país, y especialmente en Nápoles, donde el clima favorecía una variedad bastante superior en potencia a la obtenida en el Mediodía francés. Esta situación -análoga a la de otros países occidentales, aunque más “familiarizada” aún con la resina del cáñamo, en términos comparativos- explica que esta planta fuese objeto de una precoz atención por parte de la ideología fascista.
Atraído por el redentorismo de la Ley Seca norteamericana, pero conciente de que no sería aplicable en su tierra, Mussolini promulga en 1923 un decreto suscrito por Víctor Manuel III, limitando a usos “estrictamente médicos” el empleo del cáñamo psicoactivo. Poco más tarde, al acudir a la Conferencia de Ginebra de 1925, la delegación italiana insiste en incluir haschisch, marihuana y sus derivados en la lista de sustancias restringidas a fines científicos (junto con opio, morfina y cocaína). Como explicará el profesor Giovanni Allevi, criminalista mussoliniano, el haschisch podría ser “enemigo de la raza”, y “droga de negros”, lo cual sugiere medidas preventivas para defender al pueblo italiano. En 1936 -casi un siglo después de haberse incluido en el estamento terapéutico- hay noticias sobre el primer caso de “hábito” en relación con haschisch: se trata de un químico genovés, que lo emplea con fines lúdicos. Con todo, la sanción sigue siendo casi simbólica: reprendido como “vendedor no autorizado de productos medicinales”, el culpable arriesga entre dos y seis meses de arresto.

En 1935 Albert Hofmann, un brillante doctorando en la Hochschule de Zurich -cuya tesis describía por primera vez la estructura química de la quitina- era adscrito en la central de Sandoz (Basilea) a la división de drogas naturales, y pronto comenzaba a haber notables descubrimientos investigando los alcaloides del cornezuelo, primero como preparados para la hemorragia post-parto y luego para las cefaleas. Ya antes había mostrado interés por los fármacos de excursión psíquica el ensayista Walter Benjamin, que desde 1926 a 1932 se administró altas dosis de haschisch por vía oral, así como mescalina. Hacia esa época el poeta y prosista Robert Graves usaba hongos psilocibios, que conocía desde la infancia en Gales, y especulaba con su influencia sobre la religión griega arcaica y las precolombinas. También en Alemania otro de los grandes prosistas del siglo pasado, Ernst Jünger, hijo de un farmacólogo, había mostrado un precoz interés teórico y práctico por experimentar estados no-ordinarios de la conciencia. Fue precisamente Jünger quien adjudicó el hermoso término de psiconauta a los viajeros que emplean enteógenos como vehículo espiritual. El haschisch era mencionado ya en el Lobo Estepario de Hesse, y hacia esa época aparece el primer libro de ensayos de Aldous Huxley, uno de cuyos textos lleva por título: “Se busca un nuevo placer”.
Aunque no perteneciera a este círculo, es preciso mencionar también aquí a Antonin Artaud -uno de los innovadores del teatro moderno-, que desde 1936 estuvo viviendo entre los tarahumaras, pueblo tradicionalmente peyotero, y relató sus experiencias.
Junto con dos médicos -E. Joel y F. Frankel- y el filósofo Ernst Bloch, W. Benjamín emprendió un trabajo sistemático del que sólo restan un centenar de páginas, que él mismo definió como “un libro sumamente importante sobre el haschisch”. El estado inconcluso del material no impide algunas reflexiones sutiles.
Benjamin, rebatiendo el argumento del olvido, señala que “el recuerdo de la embriaguez es completamente nítido” e impresiona por las “inmensas dimensiones de vivencia interior”. Frente a las propuestas de otras sustancias psicoactivas, el haschisch y la mescalina ofrecen “el misterio del viaje”, rompiendo esquemas mentales a la par de potenciar la relajación del ánimo.
“Me inclino a pensar -asegura Benjamin- que el haschisch sabe persuadir a la naturaleza para que nos habilite ese despilfarro de la propia existencia que conoce el amor. Porque si en los tiempos en que amamos se le va nuestra existencia a la naturaleza por entre los dedos (como monedas de oro que no puede retener y deja pasar para lograr así lo nuevo), en esta otra circunstancia nos arroja a la existencia con las manos llenas y sin que podamos esperar o aguardar nada”.
W. Blake había dicho que “la gratitud es el cielo mismo”. El bagaje hiperintelectual de Benjamin, Bloch y sus colegas médicos no es nada propenso a expresiones de tipo místico. Sin embargo, el haschisch suscita “vivencias próximas a la inspiración, a la iluminación”. Para todos ellos, “la mejor descripción procede de Baudelaire”.
A comienzos de los años 60, surge un grupo heterogéneo de psiconautas que enfrentarían la cruzada médico-policial con investigaciones y experimentos contundentes. Desde el platonismo de Gordon Wasson hasta las posturas pragmáticas de Graves o Koestler; desde las inclinaciones orientalistas de Watts y el propio Huxley a las construcciones más aristotélicas de Bateson, Jünger y Hofmann; desde el empleo casi técnico hecho por artistas como Dalí, Paz y Michaux hasta las investigaciones etnológicas de botánicos como Schultes y Heim, o las estrictamente neurológicas, psiquiátricas o psicológicas de Osmond, Delay, Janiger y Lilly.
También el escritor William Burroughs mantuvo en una conferencia organizada por la American Psychological Society que los niveles de realidad evocados por la marihuana y el haschisch eran una positiva ayuda para el desarrollo de la experiencia estética; algo más tarde añadió que no sólo suministraban “una clave para los procesos creativos, sino un camino para métodos no químicos de expandir la conciencia”. Lo mismo afirmarían otros escritos de la generación beat, y singularmente A. Ginsberg.
Prestigiosas revistas médicas aconsejaban en editoriales “gravar fiscalmente la venta legal de droga en vez de multiplicar su uso ilícito”, y el psiquiatra R. D. Laing expresaba un convencimiento extendido al decir que “sería mucho más feliz si mis hijos adolescentes, sin faltar a la ley, fumaran marihuana cuando quisieran, en vez de llegar a caer en la situación de muchos de sus padres y abuelos, adictos de nicotina y alcohol.”
D. Solomon publicó partes censuradas del Informe La Guardia (véase el capítulo Prohibición gringa), y en poco tiempo aparecieron muchos libros y artículos reivindicando la inocuidad del empleo del cáñamo. Lamo de Espinosa, por ejemplo, señala: “Quiero afirmar algo de modo tajante: la evidencia científica acerca de la inocuidad de la marihuana es abrumadora, y no hay probablemente un solo producto del vademécum que haya sido analizado y estudiado más detenida y cuidadosamente”.

En concordancia con lo anterior, el sociólogo H. Kwitny asegura que “la marihuana suele facilitar mucho las relaciones humanas, a la par que estimula la sensibilidad para percibir la belleza de la naturaleza, en particular de la música y pintura, temas que se repiten con frecuencia en largas horas de conversación que dejan en el interlocutor una impresión agradable de acogida y benevolencia”.


Para ampliar bibliografía ver: 
http://perso.wanadoo.es/jcuso/bibliografia/bibliografia02.htm